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Atraco Perfecto (1956, Stanley Kubrick)
8.11.19 | 11:02h.

 

Pese a no ser su primera película como director (antes había firmado Fear and Desire y el Beso del asesino), sí se puede considerar la primera en la que claramente se nos muestra la mirada de Kubrick como propia de un autor genial.

Atraco Perfecto (The Killing) se engloba dentro del género de atracos, establecido en 1903 con el film Asalto y robo de un tren, de Edwin S. Porter, pero el meticulosamente planeado robo no deja de ser un hilo conductor para definir a unos personajes y sus circunstancias, de reflexionar sobre la subjetividad de la realidad, que muda su piel conforme profundizamos en las motivaciones de los agentes implicados. A pesar de una estructura general en tres actos (plan, ejecución y resultado) que ya se había utilizado en La jungla de asfalto de John Huston o en Solo se vive una vez de Fritz Lang, la gestión narrativa coquetea con saltos temporales para obligarnos a revisar situaciones ya expuestas desde el punto de vista de los diferentes agentes implicados, con unos modos que recuerdan al Rashomon de Akira Kurosawa.

 




Kubrick rodó este título con 27 años y para él siempre fue “su primera película”, pese a haber rodado antes los dos títulos mencionados al comienzo de estas líneas. Basado en la novela Clean Break de Lionel White, el director nos sitúa en el proceso que lleva a un exconvicto recién salido de la cárcel, Johnny Clay (Sterling Hayden), a ejecutar un plan perfecto para dar un golpe de dos millones de dólares en el típico hipódromo que triunfaba a mediados del siglo pasado, atestado de gente y con unas colas frente a las ventanillas de apuestas que serían impensables hoy en día, en la era en que los jugadores pueden comparar online las mejores cuotas e incluso recibir bonos de bienvenida. Para poner en práctica su plan tiene que reunir a una caterva de cómplices que tienen que cumplir tres condiciones: contar con su confianza, no estar fichados como maleantes y tener ganas de dar un cambio radical a sus vidas. Gente corriente, simpáticos perdedores para el espectador, en resumidas cuentas. A partir de ahí, veremos cómo todo plan infalible siempre depende del eslabón más débil para tener éxito.

La película se articula sobre puntos clave del desarrollo de la narración, volviendo adelante y atrás para que el espectador construya y deconstruya sus prejuicios constantemente, hasta que, finalmente, presenta las consecuencias de los espacios causales por los que Kubrick ha transitado. La película anticipa motivos y reflexiones que le acompañarían en el resto de su obra, como pueden ser la capacidad del ser humano para la decepción o el cinismo sobre los convencionalismos sociales: la vida, tal y como antes la habían retratado sus mentores Lang y Huston, está dotada de una complejidad que aboca al absurdo a todo aquel que pretende erigirse como “el que tiene el control”.



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